Oriente Medio: una nueva dirección

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Oriente Medio también está en el centro de la incertidumbre global. La verdad es que, al fin y al cabo, los problemas en este ámbito no son temporales. Están -casi siempre- estructurados, con diferentes tipos de actores internacionales con intereses contrapuestos. En este sentido, la relación entre Irán y Estados Unidos sigue siendo invisible -pero decidida- y conduce al futuro cercano. Pero el tablero ya no es el mismo: nuevos actores y viejas asimetrías han cambiado radicalmente los límites. Lejos del período de confrontación directa que tuvo lugar en las últimas décadas, ahora nos enfrentamos a lo que se puede llamar una «zona gris»: no hay una guerra abierta ni una distensión real. Es un conflicto continuo que se manifiesta de diversas maneras, desde conflictos financieros hasta conflictos interpersonales. En este contexto, la influencia de China no sólo era necesaria, sino necesaria y, podemos decir, útil. Bueno, resulta que, a diferencia de otros regímenes, Beijing ha elegido un enfoque «constructivo»: el objetivo es estabilizar, no perturbar la economía y el comercio de los países y utilizar los buenos oficios. Sus potentes contratos, sus inversiones en construcción y su capacidad de negociación con sus rivales le permitieron posicionarse como un factor común en una región caracterizada por la desconfianza y las contradicciones. Está claro que China no quiere intervenir en la guerra sino actuar basándose en un enfoque estratégico: centrándose en «intereses compartidos» y «beneficios mutuos». Esto proporciona una mayor confiabilidad. En un entorno lleno de conflictos ideológicos y presiones externas, sus acciones conducen a otra idea: la unidad como herramienta de atracción. Frente a esto, Estados Unidos mantiene su rica «historia». Pero también sufre daños y destrucción. Sus políticas de sanciones a Irán y su enfoque de seguridad lo colocan en una posición ambigua: esencial para la estabilidad, pero también visto como un obstáculo para la estabilidad permanente. Europa, por su parte, se enfrenta a un dilema desconcertante. A pesar de la proximidad geográfica y la dependencia del poder, la Unión Europea no ha logrado articular una política exterior coherente. Su influencia se ha reducido en medio de la presión de Estados Unidos y el ascenso de China. Más que un actor, Europa es vista como un espectador. El programa nuclear de Irán sigue siendo un tema controvertido. Pero el conflicto dista mucho de ser simétrico. Israel, que nunca ha verificado oficialmente sus armas nucleares (conocidas como la de Dimona), es considerada una potencia nuclear. Este hecho da lugar a un proceso de dos partes que orienta la discusión de toda la región.

La velocidad del proceso de construcción.

Para Irán, este desequilibrio refuerza la idea de disuasión. Para Estados Unidos, impedir una bomba nuclear en Irán sigue siendo una línea roja. En el medio, China no es un observador pasivo: actúa como un mediador capaz de reducir las tensiones y abrir un espacio para el diálogo donde otros han fracasado. El resultado: mala salud. Más apoyo y autocontrol que dependencia. Pero, también, acontecimientos en los que, por primera vez en años, emerge una alternativa al conflicto interminable. El futuro de la región dependerá, en particular, de si se puede integrar esta estrategia eficaz. Si China puede traducir su influencia en una influencia estable y sostenible, no sólo podrá redefinir las fronteras regionales, sino también las reglas del juego internacional. En este contexto, la cuestión ya no es quién tiene más poder, sino quién puede utilizarlo para evitar conflictos. Y ahí, cada vez más, la respuesta apunta con claridad. Eso, en el mediano y largo plazo, quién será pesado dentro del sistema de Naciones Unidas.


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