El gobierno de Javier Milei: La amenaza de un cambio permanente en Argentina
Durante la mayor parte de los años 2024 y 2025, el Gobierno pudo mostrar más dinero como principal activo de su programa económico. En una economía acostumbrada a los déficits, la producción y la inflación, el crecimiento de las cuentas públicas sirvió como una señal clara: había una decisión política de recortar una de las principales causas de la inestabilidad económica. Los resultados fueron favorables, ya que el empleo mostró rendimientos sostenidos y la inflación cayó rápidamente.
El problema es que este indicador empezó a mostrar cada vez más disconformidad, ya que los ingresos tributarios vienen cayendo desde hace varios meses (en el primer trimestre del año se redujeron un 7%). ¿Por qué están cayendo las recaudaciones? Principalmente por muchos factores relacionados con la caída del mercado interno que afectaron la recaudación de los principales impuestos: IVA (relacionado con las actividades económicas internas), impuesto a la renta y contribuciones jubilatorias (relacionados con los servicios registrados). Aunque hubo recortes de impuestos, fueron pequeños (el tipo impositivo sobre los productos agrícolas se redujo entre 1 y 2 puntos dependiendo del cultivo), al igual que el impacto en los ingresos.
Y considerando que el gobierno quiere mantener estrictamente la meta financiera, lo que requiere un cambio en el gasto público del mismo tamaño, lo cual está sucediendo bien (los fondos se han reducido un 4% en lo que va del año. Los mayores recortes se produjeron en programas sociales, obras públicas y transferencias a las regiones).
El problema es que las cuestiones financieras no son iguales. Ahora estos recortes hay que hacerlos en un gasto público que ha caído fuertemente, en un sistema financiero que, como decíamos, lleva meses sin recuperarse y la inflación sigue alta. A esto se suma la explosión de la causa por fraude contra el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. La combinación de estos factores provocó un fuerte deterioro de la imagen del gobierno, que se refleja en todas las encuestas.
Un ejemplo de este enfado fue la gran concentración que tuvo lugar la semana pasada contra la disminución de la enseñanza universitaria (aumentando la variación un 35% desde el inicio del movimiento). Estas son señales de que la gente ya no reconoce -o duda- que todo este cambio es temporal y que «lo peor ya pasó», como ha dicho repetidamente el Presidente.
Aquí está el meollo del problema. Si la recaudación cae y el Gobierno no quiere liberar el objetivo monetario, esto los obliga a cambiar el dinero gastado por la gente, algo que no está en la historia, pero también tiene el riesgo de perturbar la actividad económica, lo que provoca una nueva caída y restablece el proceso.
El espejo helénico
Europa conoce bien este proceso. El caso más peligroso fue Grecia, pero España, Italia, Portugal e Irlanda también sufrieron la crisis de deuda que afectó a la región entre 2010 y 2014. La falta de confianza del mercado en la capacidad de pago de la deuda de estos países provocó un gran cambio de moneda en un intento de equilibrar las cuentas públicas y aportar así estabilidad a los mercados.
El problema es que este cambio se aplicó a una economía que ya estaba afectada por la crisis financiera de 2008. Por tanto, la disminución de la financiación gubernamental tuvo un impacto negativo en la actividad económica y la inversión, lo que provocó que los resultados financieros no fueran buenos. Allí se hizo evidente el círculo negativo: las reformas económicas, en lugar de traer estabilidad a los mercados, provocaron mucho pánico, ya que la falta de trabajo e ingresos provocaba serias dudas sobre la capacidad de pagar las deudas, lo que obligó a los países a realizar cambios drásticos.
Como podemos ver en este gráfico, el PIB per cápita cayó un 25% entre 2008 y 2012, pero se mantuvo en el mismo nivel durante otros cuatro años. A partir de ahí comenzó una recuperación constante, pero en 2026 aún no lograba recuperar los niveles de 2008.
Sí, hay una gran diferencia entre las economías griega y argentina. La comparación tiene limitaciones obvias, porque Grecia es parte de la eurozona y, por lo tanto, no pudo controlar los precios relativos y enfrentó una enorme crisis de deuda en varias instituciones. Pero la experiencia griega sirve como advertencia sobre un punto real: la gran integración del dinero, que se aplica a la economía deprimida, puede conllevar el riesgo de provocar efectos negativos en el sistema fiscal y prolongar la transición, destruyendo no sólo las actividades económicas, sino también las bases sociales que la sustentan.