La mitad de los asesinatos en Bogotá son sicariatos
En Bogotá, matar se convirtió en un trabajo. Cinco de cada diez homicidios en la ciudad son homicidios. Entre enero y marzo de este año, 134 de los 265 asesinatos registrados en la capital de Colombia (50,5%) están relacionados con sicariato, según cifras de la Policía Metropolitana. Se trata de un fenómeno creciente: antes de la pandemia, este tipo de delitos representaban cerca de 3 de cada 10 delitos, explica Andrés Nieto, director del Observatorio de Seguridad de la Universidad Central. En 2018, por ejemplo, solo 161 de los 1.064 homicidios (15%) fueron casos de agresión, según un estudio publicado en esta revista Delito de la policia nacional.
Laura Suárez, directora del área de seguridad urbana del think tank ProBogotá, explica que no está claro el alcance del incidente, ya que la Policía Nacional dejó de denunciarlo. Sin embargo, el informe de junio de 2025 del candidato del Partido Verde, Julián Espinosa, basado en información obtenida a través del derecho de solicitud a la Dirección de Investigación Criminal (Dijin), muestra un aumento. En 2022 hubo 431 casos de sicarios (42% de los asesinatos); en 2023, 437 (40,3%); y en 2024 la cifra aumentó a 606, casi la mitad de las 1.214 personas que mataron (49,92%).
Para Suárez, estas estadísticas muestran las armas de la violencia. «Responde a los conflictos entre pandillas por controlar zonas de la ciudad que sirven como corredores de droga y controlar la economía ilegal». De hecho, esto demuestra que no existe un gran plan, sino varias organizaciones que compiten entre sí. «Hay muchas pandillas que, además de tener mucho dinero, están peleando por controlar esas zonas».
El conflicto no es nuevo, ha crecido durante la última década y en los últimos años ha sido alimentado, en parte, por el fortalecimiento de las fuerzas armadas y su economía ilegal en todo el país. El aumento de la producción de cocaína, que ha desafiado las estimaciones de las Naciones Unidas de 3.000 toneladas por año, ha aumentado la sangría de la delincuencia urbana. Suárez dice: «Las pandillas en Bogotá no actúan por sí solas: más dinero significa más armas, más armas y la capacidad de contratar gente. Esto, insiste, ha dificultado el crimen organizado en la capital».
Nieto coincide y añade otro elemento: la transformación del delito en una forma de ayuda. Explica: «Se dice que están haciendo delincuentes. Ya no son el mismo grupo que roba, mata o vende personas, sino que están en una red donde unos ayudan a otros. En este esquema, los sicarios son una especie de «outsourcing criminal». Matar tiene precios, condiciones y niveles de experiencia. «Esto dificulta la investigación, porque no hay una línea clara: es una red donde una persona paga por un trabajo», dice.
A este cambio se suma el acceso rápido a las herramientas. «En zonas como San Bernardo (en el centro de la ciudad) las herramientas se alquilan a 15.000 pesos la media hora, y el precio sube si es una herramienta ‘limpia'», dice Nieto. Esta ubicación está relacionada con el crecimiento del comercio no relacionado con el armamento, como el mercado de unidades militares rurales. Explica: «Se encuentran entre los traficantes de personas que entran en las fronteras de Venezuela y Ecuador, y al final se los dan a los delincuentes urbanos. El resultado es un aumento en la disponibilidad de armas, armas y explosivos. Suárez admite que: «El dinero para el crimen internacional es enorme. Hoy paga a delincuentes que solían ser delincuentes menores, pagados con hurtos menores, y ahora tienen dinero para comprar drogas.
Para estos dos expertos, el problema no es penal, sino también institucional. Suárez advierte que el Gobierno nacional ha «dejado tranquilas a las ciudades» y debilitado su capacidad de respuesta. Bogotá, una ciudad de 8 millones de habitantes y 470 kilómetros cuadrados de área urbana, tiene hoy el número de policías más bajo en una década y el más bajo de todas las capitales colombianas: 206 policías por cada 100.000 habitantes. Además, muestran que la capacidad intelectual se ha reducido. «Es imposible que Bogotá sepa bien cómo funciona la delincuencia, que no empieza en la ciudad, sino en el Cauca. Si la policía no entiende cómo va de ahí a Suba o Ciudad Bolívar, es muy difícil atacar». También insiste en la necesidad de «recuperar datos», porque, según afirma, el sistema de seguridad está creando una «ceguera».
Por su parte, Nieto critica que los ataques terroristas en Bogotá no son importantes para la seguridad nacional. «El mundo todavía tiene la estructura de los años 80 y 90, donde la asignación de recursos depende de la amenaza que existe por tener armas». Como no existe control regional en la ciudad, sus criminales no están por delante del resto del país.
Esto es especialmente difícil debido a la alta tasa de criminalidad en las ciudades. Nieto recuerda una historia conocida CamiloEl líder de la banda Los Camilos, fue destituido en 2021, y movía más de 2.600 millones de pesos mensuales (unos 70 millones de dólares de la época) en pequeños negocios. Dijo: «No fue un bombardeo ni un ataque a la policía, pero tenía más dinero en el crimen que la mayoría de los grupos armados».
A esto se suma la pérdida de importantes herramientas de investigación, como el Inventario Unificado Penal de la Secretaría de Seguridad Distrital, que la administración del alcalde Carlos Fernando Galán dejó de actualizar. Esto combinó las capacidades del Gaula, SIJIN, SIPOL y CTI y permitió mapear pandillas, conflictos regionales y patrones criminales, algo importante cuando los asesinatos de activistas se concentran en ciudades como Santa Fe, Los Mártires, Usme y Ciudad Bolívar. Factores como el deterioro urbano, el bajo nivel de empleo y la presencia de pocas instituciones contribuyen a su éxito.
Pero la violencia no continúa en estas zonas. Nieto explica: «Las actividades de los combatientes hacen que aumente la criminalidad. Si alguien paga para matar a alguien, lo matarán donde esté». Esto significa que incluso los asesinatos causados por disputas territoriales pueden ocurrir en cualquier lugar de la ciudad.
Ante esto, la respuesta de la Alcaldía da lugar a una lectura mixta. Suárez destaca avances, particularmente en la erradicación de las pandillas y el control de las riquezas ilegales. Es claro que Bogotá logró, entre 2024 y 2025, una reducción de los homicidios del 3,4%, siendo la única capital que lo hizo. Nieto, en cambio, es muy difícil. En su opinión, la ciudad no ha tenido una estrategia clara y ha perdido parte de las «reservas» de los casos que consiguió en las administraciones anteriores. Admite, sin embargo, que el sicario es fundamental para entender cómo y por qué están ocurriendo los asesinatos hoy en Bogotá.