Pimienta en el baloncesto |

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Hay una historia de que tu jugador favorito está en tu equipo y te vuelve loco cuando juega para el equipo rival. Suelen ser personas con mucha personalidad, que conocen sus puntos fuertes y tienen una habilidad especial para identificar las debilidades de sus oponentes. También tienen una cualidad magnética para atraer las pasiones que surgen de la grada: buenas cuando juegan en casa y malas fuera. Los espíritus aumentan su poder. Ridículo también. Causa mucha frustración, porque cuando le pitan y le presionan mucho, juega bien. Y como en el jardín del vecino el césped siempre parece más verde, nos gusta pensar que jugadores así también existen en los equipos rivales. Nos encanta tener un jugador así en nuestra camiseta, para que cualquier cosa que desafiemos sea lo que queremos.

Sucede que detrás de estos jugadores hay personas con historias y que muchos no hacen más que intentar ser los mejores y, dado su magnetismo, solucionar los problemas que enfrentan. Los chicos malos del baloncesto europeo (Ediciones JC) es el mismo libro. José Manuel Puertas cuenta la historia de 14 jugadores de baloncesto que pasaron a la historia como chicos malos que siempre estaban al borde de la cancha. Con referencias originales, Puertas ofrece una completa e interesante biografía de John Pinone, Anicet Lavodrama, Salva Diez, Branislav Prelevic, Alfonso Reyes oh Joe Arlauckas. Ambos hablan con naturalidad y elocuencia sobre el papel que representan y ayudan a definir toda una era del baloncesto. Los empujones y golpes en la zona, el liderazgo en el vestuario, la gestión del ego y la dificultad para distinguir entre un jugador y una persona. Como aquel día de 1997 en el que Pedro Fernández se acercó a su compañero Salva Díez en el banquillo del Caja San Fernando y le dijo: «Triste, Salva, te vi antes y pensé que eras un hijo de puta, pero ahora no cambiaría el mundo».


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